8.12.09

Apacible mañana de domingo en Beverly Hills

El nuevo movimiento filosófico del Transcripcionismo Radical, también autodenominado Nueva Escuela Artística del Transcripcionismo Radical o neorococó radical, hizo sus primeras tentativas de aparición ya hacia el 2025, aunque no fue hasta bien entrados los 30 cuando su aplicación al día a día garantizó de alguna manera u otra la supervivencia de quien lo procesaba, favoreciendo así la popularización del movimiento por Europa, Oceanía y las colonias índicas. Pronto empezó a comercializarse el concepto y la técnica, a abrirse talleres ilegales en los que se empezaba a fraguar la raíz del movimiento. Algunos llegaron a señalar una lectura bastardizada de Platón como su origen, aunque, tal y como se demostró más adelante, lo más posible es que la aparición del transcripcionismo radical se debiera a una oleada de aburrimiento que anegaba las calles en el nuevo siglo.

La primera noticia me llegó una mañana de octubre a través de un reportaje en el canal televisivo internacional. El tema se prestaba al sensacionalismo: una persona en carne viva y medio desnuda cocinando y moviéndose por la salita de su casa ante las cámaras, como si nada hubiera pasado. Un primer plano se regalaba con la cara descompuesta de lo que parecía una víctima de la combustión espontánea o la acometida de un alud de ratas. Todos mis problemas se han esfumado -decía la mujer (por la voz, no tardé en darme cuenta de que era una mujer)-, por fin veo lo bello que hay en mí y me aseguro de que los demás lo vean, y además estoy contenta, así en general. Si algo me va mal sólo tengo que mirarla, mirarme a los ojos. A la declaración le seguía una escena en la que una señora despellejada (presumiblemente, la de antes) besuqueaba y abrazaba entre toses flemáticas a una mujer inmóvil y callada.

Fue aquél día cuando supe que Europa había enloquecido, que había personas que se arrojaban a las calles a pasear a su propio pellejo disecado para que todos lo vieran. Figuras andróginas, descuidadas y medio podridas vestidas de sport arrastrando un carrito con un sí mismo anclado en los veinte años, parcialmente desnudo y frecuentemente cargando a hombros un corzo o un jabalí o resolviendo un cubo de rubik o leyendo a Musil o haciendo un solo de saxofón.
Al cumplir el cuarto de siglo o incluso antes, el transcripcionista acudía a un taxidermista y se veía desprovisto de sus preocupaciones terrenales de forma drástica y algo agresiva. Un poco después, el convaleciente salía del taller dolorido y cansado, con restos de tejido adiposo que transparentan la camisa, pero feliz al fin y al cabo con su sosias particular, poco más que un exoesqueleto agarrotado. A partir de ese momento, el transcripcionista tenía a bien gastarse la mayor parte de sus ahorros en el mantenimiento y la compra de complementos de su simulacro.
Equilibrio mente-cuerpo, seguía la lunática entrevistada, nunca seremos más bellos que a los veintitrés pero tampoco seremos más inteligentes ni más creativos.

[A grandes rasgos, el proceso consiste en arrancar la piel, darle forma, coserla en la posición deseada y rellenar con tierra y hojas secas. Ver tu jardín lleno de ejecutivos seniors y mujeres sosteniendo copas de brandy crea una atmósfera naïf y de puterío fino. No es de extrañar que éste fuera el panorama que se veía por la zona alta de L.A.
Aprender a equiparar la propia belleza con la de una puesta de sol en otoño, un monte de olivos o un bonsái, en eso consiste lo educativo de la autodestrucción.]

En el momento en el que disecarse a uno mismo se puso de moda, sonó un gong desde el fondo de la conciencia occidental. Era la señal de que la poca dignidad que le quedaba a los hijos de la Mediterránea se había esfumado, precipitándose toda ella en diferentes estratos de podredumbre generacional.
Se disparan las maneras de aligerar cargos de conciencia al creerse eternos: los nuevos cadáveres lo consiguen ocultándose para siempre en tumbas de roca, siendo enviadas al espacio, siendo usadas como moldes de producción en serie, siendo los protagonistas de sonetos, siendo modelo de fotografías en 360º y de cuadros de naturaleza muerta, envasados al vacío, congelaciones en icebergs privados. Collages orgánicos, pornografía inmovilista, posados con pipa y con sabueso.

Recuerdo que esa mañana de octubre corrí al balcón hasta casi salir volando por allí, pegué un manotazo a la barandilla y me asomé poniendo ojos como platos, esperando ver por algún rincón a un primer neozombi y a la vez no queriendo verlo, pero lo cierto es que desde allí no asomaba nada que distara demasiado de lo que veía cada mañana.

Tardé cuatro días en alejar aquella noticia de mi mente y ya más calmado, acudí a una cita con mi prometida M. para ver si se cumplía el pronóstico romántico de aquella semana para los libra. Una hora después comprendí que M. ya no disponía de vagina funcional.

M. apareció en el extremo del parque con una sonrisa de oreja a oreja y ojos vidriosos, sosteniendo una imitación de lo que sería una pirámide de Ferrero Rocher, muy guapa toda ella. Aunque lo que supuse que era su alter ego con capacidad motriz, carne y hueso, tiraba del carrito (arrastrándose a cuatro patas como un eslizón por culpa de una infección de rodillas), pobremente vestida y escupiendo esputos a cada tanto.Temblaba y chorreaba plasma sanguíneo por todos lados, y después de gritar SORPRESA y ponerse a charlar animadamente como si nada hubiera pasado, insistió en que al hablarle la mirara a los ojos, es decir, mirara a la M. rígida e imperecedera. Los orbes de cristal que hacían de ojos quedaban incrustados en una cara que aún no se había asentado del todo sobre su nuevo relleno. Parecían babosas agitándose nerviosamente en un escondite cadavérico.
Mientras me tocaba inquieto la oreja, ella me seguía lo más rápido que podía ella con su nueva locomoción cuadrúpeda. Yo siempre la miraba a ella, es decir, a su sosias relleno, intentando encontrar algo de familiaridad en el trato. No lo logré.

Me hablaba de nuevas inquietudes, los betunes y óleos de promoción, antiácaros, una máquina de cepillado y lavado que se pagaba a plazos, y su esperanza de que yo acabara por disecarme también y que cuando la muerte acechara nuestros modelos fueran envasados al vacío y lanzados al espacio para que otras formas de vida se dieran cuenta de qué hermosos ejemplares habíamos sido. Perseguido por la estela de restos que dejaba M. a su paso, me imaginé que debía ofrecerle apoyo en su nueva vida de vestigio humanoide, pero no podía evitar desviar mi mirada hacia un resto de cartílago que le quedaba en lo que otro tiempo había sido su oreja. Noté cómo la mía hacía también una tentativa de desprenderse por imitación o largarse por asqueo ante la escena.
Le hice notar que a partir de ese momento igual tendría problemas en su trabajo de actriz, y ella me rió la gracia pero no creo que se recreara mucho en la comicidad del asunto porque cuatro collies y un galgo afgano le saltaban encima en ese momento. Recuerdo un instante en aquella primera toma de contacto, cuando su cara se hundía en el parterre de los tulipanes entre partículas de tierra suspendidas en el aire, las piernas enfundadas en los tejanos rígidas por la tensión y formando un ángulo agudo aunque próximo a los 90 grados y todo su cuerpo en general que empezaba a recostarse de lado, cubierto por los cuartos traseros de cinco perros enloquecidos, y los ojos azules vítreos de la verdadera M. mirando hacia abajo, ella parecía contemplar maravillada la escena, y retuve aún esta imagen onírica en mi mente durante un buen rato, mientras me palpaba la oreja como quien no quiere la cosa y decidí concederle a aquél momento un significado lírico para postergar un milisegundo mi forzosa actuación heroica.

Me imaginé a Margeritte y a mí avanzando rígidos por la vacuidad del espacio, de la mano, y a nuestros amigos los alienígenas abriendo encías tentaculadas al aire en una mueca de desprecio y brindando por nuestra propia pulverización. Mi oreja seguía en su sitio. Ya sólo me concentré en lo que requería mi atención desde hacía rato: jadear más y más, mientras me dirigía al coche, corriendo como un desesperado.


Ilustración de Joan Casaramona

2 comentarios:

Joan dijo...

si poso aquí un comentari potser algú decideix llegir el text sencer.

Legrasse dijo...

Que Déu t'ho pagui.